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Full text of "Auto-biografia"

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AIJTO-BIOGKAFIA 



DE 



D. PIORENCIO VAREli 



Redactor del "COMERCIO DEL PLATA"; 

Jurisconsulto, Publicista, Miembro corresponsal del 
Instituto Histórico de Francia, y del Instituto 
Histórico y Jeografico del Brasil &,c. &c, 

ACOMPAÑADA 



Fac-siiKiile de isu letra, 



ALGUNOS APUNTES SOBRE SU PERSONA, 



— »-s4Kík2> ^ ^fBeas^BB^ :^ ^<¡>^xx^_- 



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Montevideo — lfe48. 4 



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5 



El producto íntegro de esta publicación, será entregado a la 
Señora Viuda del Dr, Várela. 









♦ i:. .^ 



Imprenta del "Comercio del Plata. 



S: 



K 



Aiiíciilo escrito para elii::725 del '^Comercio del PlalajiUiíno 
que escribió D. Florencio Varek, el 20 de marzo de 1848 . 




FirmaN de Várela 



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o- 



'pRiMíDO el corazón y agoviada la frente bajo el peso de un in- 
menso infortunio, tenemos que dar treguas á nuestro dolor para sa- 
tisfacer un deseo universal. El Di-. Várela ha muerto; ha sido arre- 
batado del modo mas bárbaro del seno de su familia numerosa, de 
sus amigos innumerables! En medio del estupor y del duelo, es na- 
tural que brote el anhelante empeño de conservar viva la memoria del 
que fué de tantos querido, de tantos respetado, de aquel que no será ol- 
vidado por ninguno : la voluntad se esfuerza vanamente, por arreba- 
tar á la tumba una presa, ¡ay! que no nos devolverá mas! 

Todos lamentan la pérdida de Várela; todos sienten el vacío que 
su muerte ha dejado. Y aunque en este fatal suceso reconozcamos 
y respetemos la Voluntad Superior que todo lo ordena con inescru- 
table sabiduría, no es posible exijir del corazón una resignación pasiva, 
que puede llegar á confundirse con el olvido, peor aun que la muerte; 
y es por tanto muí natural ese deseo de querer conservar en el mundo 
cuanto pueda recordarnos la persona y los méritos del que perdimos. 
Várela habia escrito, para sus hijos, algunos apuntes de su vida 
privada. Jamas pensó que algún dia estos apuntes pudieran llegar á 
conocimiento del público. Pero el dolor jeneral que ha ocasionado 
su violenta muerte, el interés vivísimo que toda esta población 
ha tomado en tan terrible acontecimiento, parece que justifican la 
persuacion en que estamos de que pocos habrá que no hayan parti- 
cipado en él, como en un suceso de familia; y por eso, nos parece 
que estos apuntes, han venido á ser de inestimable precio para la je- 
neralidad. En este concepto los hemos reunido, y los damos á la 
prensa, tales como salieron de la pluma de Várela. 



IV 

Centenares de personas estaban habituadas á leer diariamente, con 
no disimulado aprecio, las producciones de este hombre, á todos res- 
pectos estimable; ellas no podrán menos de acojer con amor estos re- 
cuerdos personales: estos recuerdos, que por el destino que tenian, 
no pueden mirarse sino como la voz de la conciencia; y al ver en ellos 
la revelación de tantas y tan bellas calidades, los amigos de Várela 
acabarán de avalorar la pérdida que han sufrido. 

La muerte de d. Florencio Várela, ha sido una calamidad pú- 
blica. La noche del 20 de Marzo, ha adquirido una triste celebridad. 
Por muchos años sus horas serán contadas entre lágrimas de deses- 
peración en el hogar doméstico en que Várela veia crecer, con gozo 
inefable, las plantas tiernas en quienes cifraba toda su esperanza; 
por siemnre su memoria aciaga quedará en las tradiciones y en la 
historia, señalando la pérdida irreparable que hizo en ese dia la causa 
de la Civilización y de la Paz, en las Repúblicas del Plata. ¡Que 
estos apuntes sean la piedra fundamental del monumento que se ha 
elevado en los corazones de todos, á uno de los hombres mas ilustres 
que puede recordar con noble orgullo la República Arjentina.I 




^ 



AÜTO-BIOGRAFIA 

DE 

FLORENCIO VÁRELA. 



MEMORIAS PRIVADAS. 



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en la Capital de Buenos - Aires, en 
. ^.-.a^MF ^^ casa de mi madre D/ Encarna- 
^}^M%^^ cioN Sanjines , situada al costado 
del Este del Convento de San Fran- 
cisco, el dia 23 de Febrero de 1807 
á las 9 y media de la mañana. 

Me enseñó á leer, escribir y contar, mi pa- 
dre D. Jacobo Adrián Várela; y á la edad 
de 10 años, entré á la escuela de D. José 
Bucau, para perfeccionarme en escribir. 

Mi padre murió el dia 20 de Junio de 1818, 
después de una larga enfermedad, cuyo asiento 
opinaron los facultativos que estaba en el hígado. 



-2- 

Entré al Colejio de Ciencias morales el 
día 18 de Octubre de 1818, que fué el año de 
su fundación; y en el que obtuve una beca de 
gracia^ que concedió á mi madre el Supremo 
Director D. Juan Martin Pueyrredon. En di- 
cho Colejio solo estudié el primer año de lati- 
nidad, no habiéndome permitido continuar este 
estudio mis superiores por hacerme dedicar á 
las matemáticas. Cursé dos años de esta facul- 
tad; dos de filosofía, y uno de Jurisprudencia en 
el mismo Colejio, del cual salí en Diciembre 
de 1823. 

Continué el estudio de Jurisprudencia en la 
Universidad de Buenos-Aires, juntamente con 
el de la Economía política; y fui graduado de 
Doctor en la facultad mayor de Jurisprudencia 
el dia 15 de Agosto de 1827, á los 21 años de 
mi edad; habiendo obtenido el grado de gracia 
que la Universidad acordaba anualmente, por 
premio, al candidato que mas se distinguiese en 
las pruebas literarias. 

Desde el año de 1825 hasta el de 1827, fui 
empleado sucesivamente en los ministerios de 
Gobierno y Relaciones Exteriores; donde ocu- 
pé empleos subalternos. En Noviembre de di- 



-3- 

cho año 27 renuncié el empleo que ocupaba. 

Fui nombrado oficial mayor del Ministerio 
de Relaciones Exteriores, á mediados del año 
de 1829, después de la revolución de 1828, en 
la que tomé la poca parte que mi edad y cir- 
cunstancias me permitían. 

A consecuencia de aquella revolución, emi- 
gré de Buenos-Aires con mis hermanos mayores, 
el 12 de Agosto de 1829; y pasé á la capital 
de Montevideo. De esta regresé á Buenos-Ai- 
res en el mes de Octubre del mismo año; y 
á mi llegada encontré una orden de destierro 
contra mí y mis hermanos, la que se ejecutó, 
sin que se nos permitiese desembarcar. Re- 
gresé inmediatamente á Montevideo; dónde el 
Sr. D. Pedro Francisco Berro, padre de una 
larga y estimable familia, y español de oríjen, 
hospedó en su casa, por mas de dos años, á mis 
hermanos y á mí, tratándonos como á miembros 
de su familia. 

El 5 de Setiembre de 1831, contraje matri- 
monio con Da. Justa Cañé, hija de D. Vicente 
Cañé y de Da. Maria Andrade. Este matrimo- 
nio se celebró en Buenos-Aires á donde fué al 
efecto D. Miguel Antonio Berro con poderes 



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-4- 

mlos para coníraerle. El 20 del mismo mes 
llegó mi esposa á Montevideo, donde se ratificó, 
ante el teniente cura, nuestro matrimonio. 

Mi primer liijo, Héctor Florencio, nació el 

2 de Julio de 1832, á las 7J de la noche; y fué 
bautizado en la Iglesia Matriz de Montevideo, 

siendo sus padrinos mi hermano mayor D. Juan 
Crus Várela y la Sra. Da. Juana Larrañaga, 
esposa del Sr. D. Pedro F. Berro. 

Mi segundo hijo, Mariano Adrián, nació 

el día 5 de Marzo de 1834, también en Montevideo, 
como el anterior. (*) 

El dia 8 de Abril de 1835, me recibí de 
abogado en la Cámara Superior de Justicia de 
la Capital de Montevideo. Sus miembros me 
hicieron el honor de no examinarme, dirijiéndo- 
me su presidente una arenga en la que me ma- 
nifestó que el Tribunal estaba satisfecho de mis 
aptitudes y que me recibía sin examen. 

Mi tercer hijo, Horacio Encarnación, nació 
el dia 2 de Mayo de 1835, en la capital de 
Montevideo. 

Mi hija, Maria Encarnación, nació el 11 de 
Abril de 1837, en la misma capital de Montevideo. 

(*) Suprimimos los pormenores relativos al nacimiento y bautizo de los hijos, seme- 
jantes en la forma á loa relativos al mayor. 



«5- 

El dia 11 ele Mayo de 1837, á las 10 y tres 
cuartos de la mañana, murió mi hermano D. 
José Evaristo, á los 31 años de edad, de una 
tisis pulmonar, que le consumió en poco tiempo. 
Espiró en mis mismos brazos, después de haber 
sido asistido por toda la familia, y especialmente 
por nuestra hermana política Da. Juana López, 
su estrecha amiga, con un esmero verdadera- 
mente fraternal. El carácter de este joven era 
en estremo amable y festivo; su intelijencia mui 
despejada; pero no pudo cultivarla porque per- 
dió la vista, casi enteramente, desde sus prime- 
ros años. Amó con estremo á su familia : se 
hizo querer de cuantos le conocieron: criado 
siempre conmigo, su falta es un vacío que no 
puedo llenar. 

El 23 de Abril de 1833, á las cinco y cuar- 
to de la tarde, un comisario de Policía me pren- 
dió en la puerta de mi casa en la capital de 
Montevideo, y me llevó á la cárcel pública, por 
orden verbal de D. Manuel Oribe, presidente 
de la República Oriental. Me pusieron inco- 
municado en un calabozo, y á las 10 de la noche 
me llevaron á la Isla de Ratas junto con mi 
hermano Juan Cruz, que fué preso momentos 



-Gu- 
antes que yo. Allí estuvimos hasta el 28 en 
que se nos poso en jibertad. Nuestra prisión 
fué injusta, inmerecida: ninguna razón se dio 
para ella, ni para hacerla cesar. 

Mi hijo, Rufino Jacobo, nació el 10 de Ju- 
lio de 1838, en Montevideo, 

El 3 de Octubre de 1838, á las 3 de la tar- 
de, fueron presos todos mis hermanos y cuñados 
existentes en Montevideo, por orden de D. Ma- 
nuel Oribe : instruido yo, que me hallaba fuera 
de casa, me refujié en la del Sr. Cónsul ingles, D. 
Tomas Samuel Hood, mi antiguo cliente y ami- 
go ; donde estuve hasta la mañana del 5, en que, 
con todos mis hermanos, y otros presos, nos tras- 
ladamos al bergantin ingles " Sparrowhawk ", 
con permiso del gobierno; y del buque pasamos 
á una quinta en el paso del Molino, en el Migue- 
lete. Allí llevamos nuestra familia toda, que 
fué indignamente rejistrada, y ofendida, por los 
satélites de Oribe , especialmente por su herma- 
no D. Francisco. Concluida la guerra por el 
triunfo del Jeneral Rivera, y por la paz á que 
forzó á Oribe, firmada en la Chacra de Juanicó 
en el Miguelete el 22 de Octubre , entramos de 
nuevo en Montevideo ej 26. 



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-7- 

El 23 de Enero de 1839, á las 10 de la no- 
che, murió en Montevideo mi hermano Juan- 
Cruz , de una violenta irritación gástrica. Su 
muerte me causó la mas cruel impresión, porque 
ese hermano, me sirvió de padre y maestro. He 
hecho cuanto me ha sido posible por honrar su 
memoria : su viuda é hija, están y estarán siem- 
pre conmigo; he recojido todos sus manuscritos, 
que me propongo imprimir luego que vaya á Bue- 
nos-Ayres, con su retrato, y un fac-símile de 
su letra. La edición será dedicada á su hija y 
para ella. 

El 26 de Febrero de 1839, una comisión de 
arjentinos emigrados reunida en Montevideo, y á 
que yo pertenecía, me nombró para ir en comisión 
cerca deiJeneral D. Juan Lavalle, residente en 
el Vichadero, al norte del Rio Negro, con el ob- 
jeto de reducirle á que tomase parte en la empre- 
sa que se preparaba contra D. Juan Manuel Ro- 
sas, dictador de Buenos-Aires. Salí el 28 acom- 
pañado de D. I. E. que fué conmigo, por amis- 
tad : nos dirijimos á Mercedes y de allí á la 
residencia del Jeneral, acompañados de mi ami- 
go, D. Salvador Carril : después de fuertes de- 
bates , el Jeneral prometió tomar parte en la 



empresa ; y poco después se presentó efectiva- 
mente, en Montevideo, para el efecto. 

Mi sexta hija, Justa, nació en Montevideo 
el 28 de Julio de 1839. 

Mi séptimo hijo, Juan-Cruz, nació en Mon- 
tevideo el 28 de Julio de 1840. 

El 29 de Octubre de 1840, á las 8 de la ma- 
ñana, murió mi hijita Justa, de una inflamación 
en el pecho y pulmones, consecuencia del sa- 
rampión. Coloqué su cadáver en un cajón de la- 
ta forrado en madera, y está sepultada en el ce- 
menterio nuevo, en el mismo sepulcro que mis 
dos hermanos. Es el primer hijo que pierdo. He 
soportado toda clase de infortunios sin doblarme. 
Pero este No sé. 

28 de Noviembre de 1840. — Este dia perdió 
el Ejército Libertador, que mandaba el Jeneral 
Lavalle, una decisiva batalla en el Qiiebrachito 
entre Santa-Fé y Córdoba. En ella perdí á mi 
hermano Rufino, joven de 25 años, á quien yo 
habia formado y que ofrecía grandes esperan- 
zas. Era abogado, y quiso seguir el ejército 
como soldado de infantería. Su conducta se 
hizo notable entre sus compañeros: desplegó va- 
lor y serenidad no comunes. Concluida la ba- 



talla, D. Juan Lavalle le comisionó para acom- 
pañar por seguridad al campo de Oribe, ene- 
migo vencedor, al Jeneral Garzón y otros ofi- 
ciales Orientales que tenia Lavalle prisioneros, 
y que quiso devolver á Oribe. Rufino los con- 
dujo salvos á su destino; luego que los dejó, se 
volvía, y en ese acto le asesinó alevosamente un 
teniente Martinez, en presencia de los mismos 
á quienes acababa de salvar. Esta relación, me 
la hizo el Sr. Halley, comandante de la ' 'Ex- 
peditivo," que fué al campo de Oribe y de La- 
valle comisionado por el Vice-almirante Mackau. 
Supe la noticia de aquel infortunio á fines de 
Diciembre. 

Una gravísima enfermedad en los pulmones, 
me forzó á abandonar mi profesión de abogado 
en Mayo de 184^1. El último diade ese mes, por 
consejo de los médicos, me embarqué para el Ja- 
neiro, con mi mujer y mis hijos, á excepción de 
Juan Cruz, cuya nodriza no pudo seguirnos y 
que dejé al cuidado de la abuela de mi mujer, 
quien lo cuidó con admirable esmero y amor. 
Sufrimos un terrible temporal que duró tres dias, 
en el bergantin brasilero ''Pedro II." Mi mu- 
jer se comportó con valor. 



- 10- 

Llegiié al Janeiro el 14 de Junio. Esta 
capital me ha interesado mucho. He visitado 
todo lo que tiene notable y me parece el principal 
centro de civilización y de comercio en la Amé- 
rica del Sur. líe pasado cinco meses revolvien- 
do su biblioteca, en la que he hallado y estrac- 
tado documentos preciosos relativos á la historia 
política de estas rejioaes, cuando aun eran co- 
lonias. 

Mi octava hija, Justita Carolina, nació en 
la capital del Janeiro (calle del Principe No. 11 
en el Catette) el 27 de Noviembre de 1841, 

El 25 de Noviembre de 1842, me embarqué 
de regreso en el Janeiro, con toda mi familia, 
en una hermosa fragata francesa mercante, lla- 
mada ''Irma," su capitán Mr. Vanauld, y sali- 
mos del puerto el 30 del mismo. 

El 10 de Diciembre de 1842, á las once 
de la noche, lloviendo mucho, estando entre la 
Isla de Flores y Montevideo, la Irma tocó so- 
bre unas piedras de la costa, bajo un fuertísi- 
mo viento del S. E. En el acto perdimos el 
timón y hallamos seis pies de agua en la bodega. 
Fondeamos bajo el tiempo, al S. de la isla. 
Pasamos la noche dando á la bomba, pasajeros 



-11- 
y tripulación: al amanecer del dia 11 temamos 
12 pies de agua en el navio, por lo que se de- 
cidió picar amarras y embicar en la costa. A 
las 7 de la mañana dimos, á toda vela, en la 
costa, entre Pando y CJarrasco, en playa de are- 
na, cuando ya entraba agua por las portas del 
buque. Desarbolamos en el acto, y pasamos 
luchando entre la vida y la muerte hasta las 7 
de la noche, en cuya hora, calmados un poco el 
vieíato y ér mar, se logró hacer lleg*ar un bote 
pequeño á bordo, que se conducía á tierra por 
una espía. En éí, y en 6 viajes, se salvó toda 
la jente, á excepción del mozo de cámara que se 
ahogó por la mañana, queriendo salvarse á nado. 
Pasamos luego, en la costa desierta, hasta las 
11 de la noche, helados de frió y casi desnudos. 
Alguna de las personas que vinieron á auxi- 
Harnos, me robó una cajiía en que salvé todas 
las alhajas de mi mujer y todo el dinero que traía 
á bordo; y la cual había puesto delante de mí 
junto al fuego. No ha aparecido después. A 
las 2 de la mañana llegamos á la estancia de D. 
Ramón García, á quien, como á su joven mujer, 
debemos el hospedaje mas tierno y mas delicado. 
Llegué á Montevideo el 12 de Diciembre 



- 12- 
y hallé que el Jeneral Rivera habia perdido 
una batalla en Eotre-rios, el 6 del mismo mes, 
y que su ejército, compleíísimamente deshecho, 
habia pasado al territorio Oriental perdiendo 
toda su artillería é infantería. Este desastre 
abrió las puertas del Estado Oriental al ejér- 
cito de Rosas, que manda D. Manuel Oribe, 
y pone en gravísimo riesgo la independencia de 
aquel Estado, y la existencia de los que somos 
enemigos de los vencedores. 

El dia 15 de Marzo de 1843, murió en 
Montevideo mi última hija Justita de una do- 
lencia igual á la que me quitó la primera de su 
nombre. ¡Dura es la voluntad que salvó de la 
mar á esta inocente criatura para apagar su 
vida entre dolores, tres meses después!.... 

Otra terrible desgracia. Hoi 18 de Mar- 
zo ha muerto mi hermana Paula, mujer de D. 
Nopomuceno Madero, y madre de cuatro hijos, 
el mayor de 11 años, y el último de pocos dias. 
Murió de una inflamación cerebral combinada 
con un antiguo mal en el corazón. Era una mu- 
jer sumamente capaz; prudente, amable y ha- 
cendosa. Su casa toda hallará un vacío, que 
no se llenará nunca; mi respetable madre re- 



- 13- 

siste este nuevo golpe con una enerjía, que sor- 
prende y enternece. Mi hermano Madero está 
fuera de sí. 

Mi noveno hijo, Florencio, nació en Monte- 
video el 26 de Mayo de 1843. 

Mi décimo hijo, Vicente Luis, nació en Mon- 
tevideo, el 27 de Mayo de 1845. 

Mi undécimo hijo, Jacobo Adrián, nació 
en la misma ciudad el 23 de Junio de 1846. 

Mi hija, Natalia Rosa, nació en la misma 
ciudad el 30 de Agosto de 1847. 



Csm) 



15- 



EXTRACTOS 



DE 



UN DIARIO DE VIAJE A EUROPA. 



-0-0-0-00--0-0-0-0-0- 



: Setiembre 6 de 1843. — Voi á ver por prime- 
ra vez la Europa, que solo conozco por los li- 
bros: estoi cierto de que perderé muchas ilu- 
siones, de que correjiré preocupaciones perni- 
ciosas, y veré los hombres, las cosas, y las ideas 
bajo puntos de vista mui diversos de los que 
en los libros las he visto. (Quiero darme cuenta 
á mí mismo de todas mis impresiones; del modo 
como me afecten los diversos objetos que voi 
á ver; y rejistrar los hechos de mi propia expe- 
riencia. Creo que esto me servirá de estudio y 
de solaz. Deseo también conservar pormeno- 
res de los progresos que la verdad, la intelijen- 
cia y el trabajo han hecho en los dominios de 



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OT 



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- 16- 

la ciencia, de la literatura y de la industria, por 
que me parece que hallaré en esos recuerdos 
una fuente de aplicaciones útiles á mi desven- 
turada patria, si el que dispensa la vida y pone 
luz en la mente del hombre, quiere conservar 
mis dias y mi razón para cuando nazca en el 
Rio de la Plata el sol de la tranquilidad y de 
la paz. 

Por eso me preparo á escribir diariamente 
lo que vea y lo que aprenda: pero á escribirlo 
solamente para mi propia enseñanza, y de modo 
ninguno con la pretensión de enseñar á otros. 
Considero estos apuntes — y quiero que los mios 
los consideren también — como un secreto de 
familia. 

Los antecedentes de mi viaje son los gi- 
giiientes : 

A principios de Febrero de este año, D. 
Santiago Vasquez, uno de los hombres mas no- 
tables por su capacidad, entre los orientales, 
ocupó el Ministerio de Gobierno y Relaciones 
Exteriores en su pais, invadido entonces por el 
ejército del gobernador Rosas, mandado por D. 
Manuel Oribe, que había destrozado al ejército 
Oriental á las órdenes del Jeneral Rivera, el 



6 de Diciembre anterior en el Arroyo Grande, 
territorio del Entre-Rios. 

El Sr. Vasq'jez era, de mucho tiempo antes, 
mi estrecho amigo persona!. Desde que subió 
al ministerio, me pidió que le ayudara en el des- 
empeño de sus funciones; y aunque jamas fui em- 
pleado público, á sus órdenes, puso, de hecho, á 
mi cargo y bajo mi exclusiva dirección, iodos los 
negocios del ministerio de Relaciones Exterio- 
res. En circunstancias como las que cercaban 
entonces á Montevideo, las cuestiones con ex- 
tranjeros son de necesidad muy frecuentes. En 
efecto, muchas y algunas muy graves, se presen- 
taron, con los representantes de la Francia, de 
los Estados Unidos, del Brasil y del Portugal, 
al paso que las amistosas relaciones que se man- 
tenian con las autoridades inglesas, exijian mu- 
chos y delicados trabajos. Todos, todos esos 
negocios, sin excepción, fueron dirijidos y despa- 
chados por mí: el Sr. Vasquez, y el Gobierno 
todo, me hicieron siempre el honor de aprobar 
todas las ideas y todas. las redacciones que les 
presenté. 

La situación en que me hallaba, me puso en 
contacto con el Comodoro Purvis, Jcfo de las 






-18- 

fuerzas británicas en el Rio de la Plata, hombre 
de muy culta sociedad, de modales muy agrada- 
bles, de noble carácter, veraz, franco, muy fácil 
de entusiasmarse con lo que es noble y humano. 

Sabidos son los servicios, que el Comodoro 
Purvis ha hecho á la causa del Gobierno de 
Montevideo, y la influencia directa que sus actos 
han tenido en la defensa de aquella Plaza. 

Antecedentes muy conocidos, cuyos porme- 
nores conservo en una colección manuscrita de 
** Documentos relativos á la mediación é inter- 
''vención de la Inglaterra y la Francia en los 
''negocios del Rio de la Plata'' — habian forma- 
do en el Gobierno de Montevideo fundada y ra- 
cional creencia de que la Inglaterra, al menos, 
contribuiria á poner término á la guerra, y á ga- 
rantir la paz en el Rio de la Plata. El Como- 
doro Purvis, que participaba de esta persuacion, 
la robustecía en el Gobierno. 

Desde el mes de Marzo,, propuso el Jefe 
Británico el envió á Londres de un ájente es- 
pecialmente encargado de ilustrar al gabinete de 
la Reina, á cerca de la situación, necesidades, y 
recursos del País, y de promover la resolución 
de la Inglaterra á obrar en aquel doble sentido. 



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-19- 

El Gobierno reconocía la conveniencia, la nece- 
sidad de semejante misión: pero carecia de me- 
dios para enviarla, por la falta total de fondos 
y las gravísimas exijencias pecuniarias de la 
guerra. 

Ya en el mes de Marzo, en que el Sr. Vas- 
quez me indicó la posibilidad de enviar un 
ájente á Londres, le manifesté que yo iría con 
gusto á esa comisión: pero nada hablamos des- 
pués sobre el particular. 

En los primeros dias de Agosto, el Sr. 
Vasquez me hizo llamar al ministerio, para anun- 
ciarme que el Comodoro Purvis estaba cada dia 
mas por el envió de un ájente, y que el Gobierno, 
convencido de la necesidad de esta medida, ha- 
bia resuelto enviarme como su comisionado, pero 
en carácter privado; no solo por la falta de fon- 
dos para costear una misión diplomática, públi- 
camente acreditada, sino también por no dar mo- 
tivo de censura, no siendo yo ciudadano Orien- 
tal, al paso que el Sr. Vasquez era jeneralmente 
censurado por la preferencia que siempre da á 
mis compatriotas sobre los suyos. 

Los motivos personales, que en el mes de Mar- 
zo me habrian hecho desear el viaje á Europa, 



-20- 
lio existían propiamente en el mes de Agosto: y 
aunque el deseo de toda mi vida habia sido el vi- 
sitar la Europa, para estudiar y aprender prácti- 
camente, las circunstancias en que se trataba de 
enviarme eran demasiado desventajosas para que 
pudiese lisonjearme la idea. Desde luego eí 
Gobierno me limitaba á tres ó cuatro meses el 
tiempo de mi residencia oficial en Europa: solo 
me daba cinco mil pesos colorientes y mi pasaje 
de ida; es decir, 4500 pesos por causa de la mi- 
sión, y quinientos pesos por los trabajos que yo 
habia hecho para el Gobierno. Ni el tiempo, 
pues, ni los medios de que podré disponer me per- 
mitirán aprovechar de mi visita á Europa para el 
objeto de cultivar mi espíritu y completar mi edu- 
cación práctica. 

Por otra parte, el estado de ajitacion y pe- 
ligro en que se halla Montevideo, me hacia su- 
mamente difícil el dejar allí ámi familia — á mi fa- 
milia que encierra todo mi mundo, concentra mis 
afecciones y á cuya falta confieso que no puedo 
acostumbrarme. 

Esas consideraciones me impulsaban á rehusar 
el nombramiento que el Gobierno hacia en mí: 
pero el compromiso en que me hallaba con las 



-21 - 

personas que me hacian esa confianza, con el 
Comodoro Purvis y con mis amigos políticos, 
que creen que puedo hacer algo útil á la causa 
jeneral de nuestra Patria, me obligó á someter- 
me al sacrificio — por que realmente lo es — de 
hacer este viaje, tomando sobre mí una respon- 
sabilidad que no es pequeña. 

Debo también declarar — por que es verdad — 
que, en el estado de completa pobreza á que me 
han reducido mi enfermedad, mi naufrajio — en 
que perdí todo cuanto mi casa tenia-— y e\ esta- 
do político de Montevideo, no me podía ser in- 
diferente asegurar, por un año al menos, la sub- 
sistencia de mi famiha; y esta fué otra conside- 
ración que me indujo á aceptar el nombramiento. 

El 11 de Agosto, me lo comunicó oficialmen- 
te el ministerio acompañándome mis instruccio- 
nes y demás documentos relativos á mi misión, 
cuya redacción me habia confiado el Sr. Vasquez, 
y se me ordenó estar pronto á partir en el ber- 
gantín ingles ''Fantome," capitán Haymes, que 
el Comodoro despachaba para Portsmouth. 

Deseaba yo llevar conmigo a mi Héctor, 
porque le considero ya en edad de comprender 
lo que vea, y creo que algo puede aprovechar 



-22 - 

viendo el mundo : pero no quería aumentar el 
pesar de mi Justa amada, llevándola también 
un hijo; ella, sinembargo, me propuso, y me 
exijió que llevase á Héctor ; diciéndome que 
la ventaja que reportaría el hijo la hacia des- 
prenderse de él con gusto. Decidimos, pues, 
su viaje. 

Hice en mi casa todos los necesarios ar- 
reglos, para que nada falte á mi familia durante 
mi ausencia. Dejé algunos fondos en poder de 
mi Justa, y otros en una letra de D. Samuel 
Lafone, con intereses para que se los vaya sub- 
ministrando á medida que ella los necesite. La 
he dejado algunas instrucciones escritas, aun 
que esta joven, de excelente corazón, y de juicio 
aventajado, no necesita ajena dirección para el 
desempeño de sus deberes de esposa y madre 
de familia. 

Dos dias después de mi nombramiento, es 
decir el 13 de Agosto, ocurrió un incidente que 
hubo de dejar mi viaje sin efecto 

Después de larga discusión, convinieron en que 
no debia hacerse alteración, y el Sr. Vasquezme 
comunicó que me preparase á embarcarme el 15. 




- 23- 

Ese dia, en efecto — amarguísimo para mí — 
me despedí de toda mi familia, á las 9 de la no- 
che, dejando á mi querida Justa en aflicción ex- 
trema, y en lágrimas á todos los mios, que me 
aman como los amo. A las diez de la noche fui 
al muelle con el capitán Haymes, acompañado de 
mi hermano Madero y de algunos de mis amigos; 
los últimos abrazos que recibí fueron los de 
aquel hermano, los de D. Salvador Carril, de 
D. Samuel Lafone, D. José Domínguez, y D. 
Cándido Juanicó, personas todas á quienes me 
liga veracísima amistad. A «sa hora nos embar- 
camos y dimos la vela, con excelente viento, á 
las 6 de la mañana del dia 16. Los que han de- 
jado la patria, la esposa, los hijos, la madre 
venerada, los hermanos, las afecciones todas que 
ligan el hombre á la tierra que habita, compren- 
derán fácilmente como el corazón se oprime y 
se anuda la garganta, cuando se vé desde la 
nave, ir desapareciendo poco á poco^la tierra 
primero, los árboles después, confundiéndose 
gradualmente con el agua, como lagos y paisa- 
jes, hasta que las torres suspendidas en el aire, 
desaparecen por fin; y un horizonte uniforme y 
monótono reemplaza todos los objetos. 



24 - 



Una navegación larga es monótona y fasti- 
diosa, aun en un buque de guerra. Todos los 
dias el mismo mar, el mismo cielo, sin mas varia- 
ciones que las de la atmósfera; todos los dias 
á la misma hora la limpieza del buque — que me 
despierta á las 4^ de la mañana contra mi vo- 
luntad — la limpieza de las armas, la revista, los 
ejercicios alternados de canon, de fusil y de sa- 
ble: conversar, leer, pasear, comer y dormir. Ahí 
está todo. 

El domingo, sin embargo, es una ecepcion 
que merece observaciones serias. A las diez de 
la mañana se hace el servicio divino, dirijido 
por el Sr. Slight. La cubierta del buque, se 
convierte en templo, donde toda la tripulación sen- 
tada en bancos, vestida con suma limpieza, y 
presidida de todos los oficiales, reza el servicio 
y oye, con muy notable atención, el sermón que 
su ministro predica. Es cosa que hace cierta- 
mente impresión ver, en un punto de la inmensi- 
dad del mar, una reunión de hombres adorando 
á su Creador, y mostrando así que, donde quie- 
ra que hay corazones que creen y que esperan, 



-25- 

se levantan altares al Dios que vé á un mismo 
tiempo todos los puntos del Universo. 

He asistido siempre al servicio y he hecho 
asistir á Héctor. Aunque el rito aqui practica- 
do no es el nuestro, la mayor parte de las pre- 
ces son idénticas, el Evanjelio no puede dejar 
de ser el mismo, como también las lecturas de 
la Biblia. 

Muchos me tienen, entre mis compatriotas, 
por irrelijioso é incrédulo, por que no ejecuto, 
ni permito á los que de mi deben recibir educa- 
ción relijiosa y moral, ciertas prácticas en que 
algunos ministros de la Iglesia Romana dicen 
que consiste la relijion. Los que así me juz- 
gan, se engañan: ni soy incrédulo ni irrelijioso: 
confieso que no hay — que no puede haber — códi- 
go mas perfecto de moral relijiosa, política, ci- 
vil y doméstica, que el Decálogo y el Evanjelio, 
tales como Moisés y Jesu-Cristo los enseñaron. 
Lo que no creo, lo que me enoja, lo que juzgo de- 
ber mió — como esposo, como padre y como ciu- 
dadano — evitar que los mios crean, son los abu- 
sos criminales con que ciertos sacerdotes católicos, 
han desfigurado y falsificado aquellas verdades. 
La inmoralidad do los ministros del Culto — irre- 



laijinM i ifü g^a 



-re- 
mediable mientras estén condenados al celiba- 
to — su ignorancia, ó su abandono, respecto de 
las materias relijiosas: eso es lo que yo combato 
y persigo: pero eso no es la Relijion, ni tiene 
que ver con la creencia en un principio que ani- 
ma, dirije y conserva la creación 

Setierahre 20. Hoy es un dia de fiesta en 
mi corazón, pero fiesta mezclada de tristeza. 
Hace doce años que empezó mi unión con mi 
amada Justa, unión que ha continuado estre- 
chándose cada dia de un modo mas tierno y mas 
firme. Casados por poder, ella en Buenos Ai- 
res y yo en Montevideo, el dia 5 de este mes, en 
1831, llegó el 20 á Montevideo, y desde entonces 
contamos, en la ignorada historia de nuestra vida, 
el principio de nuestra felicidad doméstica. Te- 
nia ella poco mas de 15 años y yo poco mas de 
24: su buen juicio aventajaba mucho á su edad 
y suplia las faltas de la imperfecta educación, 
que recibe jeneralmente el sexo en nuestros pai- 
ses. Ella ha hecho la fehcidad de mi vida: á 
ella debo los hábitos de domesticidad y contrac- 
ción que forman mi modo de vivir, y me parece 
que no disimula cuando me dice que es dichosa 
ella también en mi compania. Asi que este dia 



mMiM»¿tU.ilhi»!A ¡ 



-21 - 

es siempre de muy grato recuerdo y de fiesta, 
que todos ignoran, para los dos. Es la primera 
vez que me encuentro lejos de su lado, y eso me 
aflije: creo que ella pensará hoy en este aniversa- 
rio como pienso yo. 

Octubre 21. Hoy he comido en casa de D. 
A. L. con él y el Sr. Hood, antiguo conocido y 
cliente mió en Montevideo, cuando era cónsul 
jeneral ingles. He estrañado el lenguaje del Sr. 
Hood, enteramente pronunciado contra Rosas y 
su sistema. Según él, el Gobierno ingles será 
favorable á las pretensiones que me han traido á 
Londres, aunque cree Mr. Hood que la Cámara 
de los Comunes se oponga á toda medida que 
cause gastos. 

Me ha dicho también, que cree positivamen- 
te que el Comodoro Purvis ha sido totalmente 
aprobado, y que no puede ser de otro modo, por 
que las instrucciones de aquel Jefe, sin conte- 
ner nada preciso, debian inducirle á obrar como 
lo ha hecho. El Sr, Hood justifica las intencio- 
nes de Mandeville; dice que este, al pasar la 
nota de 16 de Diciembre, estaba persuadido á 
que el Gobierno ingles emplearia la fuerza; que 



-28- 

la culpa no es ele Mandeville, sino mas bien del 
Gobierno, 

JVoviembre 3. A las 2^ fui al ministerio de 
Relaciones Exteriores: después de esperar, casi 
media hora, fui introducido al Lord Aberdeen, 
que me recibió con suma atención en su despa- 
cho. Le presenté la nota del Sr. Vasquez que 
me sirve de credencial, y tuve con él una larga 
conferencia, cuyos pormenores constan en la 
nota que he escrito para el Gobierno de Monte- 
video, dándole cuenta de ella. Por eso no los 
repito aqui. Si he de creer lo que todos me di- 
cen de la lealtad del Conde Aberdeen, y de la 
franqueza sincera con que rehusa lo que no pue- 
de conceder, creo que debo esperar algún resul- 
tado ventajoso; pues que lejos de negarse abier- 
tamente á mis pretensiones, aquel ministro — que 
de antemano las conocía — me ha asegurado que 
las tomará en seria consideración y que serán 
objeto de nuevas comunicaciones con el Gobier- 
no francés. 

JVoviembre 22. A las 5 fui al ministerio de 
Relaciones Exteriores á donde estaba citado 
por Lord Aberdeen. Mi conferencia con este 
duró dos horas: estoy contento de su tenor je- 



-29- 
neral, que se verá por lo que sobre ella escri- 
biré al Gobierno. Lo mas notable para mí, ha 
sido que Lord Aberdeen me ha declarado que 
Mr. Mandeville obró mal, fuera de sus instruc- 
ciones, y dio al Gobierno de Montevideo, justo 
motivo para connar en la protección de la Ingla- 
terra; que el Comodoro ha sido aprobado; y que 
aun necesita el Gobierno ingles entenderse con 
el francés. Cuando pregunté á Lord Aberdeen, j 
si estaba resuelto á hacer que la Inglaterra ¡ 
se sometiese á lo que la Francia resolviera, ¡ 
me ha declarado que no: pero que necesitaban i 
entenderse. Me refiero á mi propia correspon- | 
dencia con el Gobierno, por lo tocante á por- i 
menores. 

JVoviemhre 24ó. En mi tiltima conferencia 
con este ministro (Lord Aberdeen) he visto que ! 
el Gobierno Británico, no sabe hasta que punto | 
Mr. Mandeville habia asegurado al de Monte- I 
video la intervención de la Gran Bretaña, al i 
paso que el Conde Aberdeen ha reconocido, que | 
el Gobierno oriental tuvo razón de creer en esa ! 
intervención. Esto, me ha determinado á entre- 
gar al Conde, en la conferencia de mañana, co- 
pias de los párrafos de la correspondencia de | 



i 



-30- 
Mandeville que contienen aquellas seguridades. 
Moviembre 25. Amanecí con uno de los 
violentos dolores de cabeza que suelo padecer; 
sin embargo, trabajé hasta las 12, completando 
jos papeles que habia de dejar á Lord Aberdeen. 
A esa hora, fui á la conferencia,'^que se prolon- 
gó hasta las 2 menos cuarto. Ha sido muy ani- 
mada, muy cordial; el ministro ha manifestado 
asombro de las seguridades de Mandeville; ha 
reconocido que debió retirarlo en el^momento* 
ha declarado que en todo lo que Mandeville dijo, 
no hay una palabra de verdad. He reclamado, 
por mi parte, lo que la justicia, y el honor del 
Gobierno Ingles, exijen que se haga por un pais 
á quien se ha mecido con esperanzas^oficiales 
tan positivas. En fin, los pormenores de esa 
conferencia, en que he hecho los últimos esfuer- 
zos á que alcanza mi cabeza, constarán en lo que 
sobre ella escribo al Gobierno. 

Diciembre 1. ® Los recuerdos de este dia 
me han tenido contristado. No que me repro- 
che en mi interior la pequeña parte que mi edad 
me permitió tomar en la revolución de 1828. 
Obré entonces con el mas reflexivo convenci- 
miento de que llenaba un deber de^ patriotismo. 



-31- 

de que luchaba contra el mismo elemento de 
barbarie, que ha borrado del libro de la civili- 
zación el nombre arjentino. Pero me oprime 
el pensamiento de que los esfuerzos y el pacífico 
triunfo de ese día, en 1828, se han malogrado y 
dado oríjen á tanto infortunio. ¿ Quien tiene la 
culpa? Es un serio problema histórico. Me 
siento con fuerza, con imparcialidad y con deseo 
de resolverlo. Me faltan materiales y tiempo. 
Entretanto, los malvados, los bárbaros, tienen 
hasta hoy la sanción del triunfo; que, por desgra- 
cia, justifica todo á los ojos de la multitud. 

Diciembre 5. Fui temprano á Newgate y 
he permanecido hasta la una en la sala de los ju- 
rados, donde he presenciado tres distintos juicios* 

El juicio por jurados fué siempre un objeto 
de interés para mí, estudiándole en teoria; ese 
interés ha sido mayor cuando le he visto practi- 
cado; cuando he palpado los medios que submi- 
nistra para llegar al conocimiento de la verdad, 
basa de la justicia en toda sentencia. El exa- 
men contradictorio de los testigos, es sin dispu- 
ta, uno de los mas interesantes procedimientos 
en estos juicios. 



-32- 

<iiiiero rejistrar una observación del Recor- 
der (Juez de derecho) en uno de los juicios que 
hoy presencié. Se trataba de un mozo de 20 
años, acusado de haber sacado varios jéneros de 
diversas tiendas, con pretextos falsos; los acusa- 
dores reconocian que lo habia hecho siempre á 
nombre y por orden de su padre: asi constaba 
también de las pruebas; pero anadia la acusa- 
ción, que el joven no podia ignorar que su padre 
estaba robando aquellos jéneros; y aun creo yo 
que habia motivo bastante para creer que lo sos- 
pechaba. El juez, al dirijirse á los jurados, para 
reasumir el caso: le hizo notar, que aun cuando 
la acusación observaba que el joven debia sospe- 
char la ilegal naturaleza de las comisiones que 
de su padre recibia, debia tenerse presente — que 
*'el último que debe sospechar de un padre es su 
''hijo; y que no puede adoptarse como principio 
''de justicia que el hijo deba sospechar de su pa- 
"dre.'' Hallo en estas palabras verdad, moral, 
justicia, orden doméstico y social. 

El joven quedó absuelto. 

Tuve que retirarme del tribunal, cerca de 
las dos, por que debia ir á las tres á la conferen- 



m 



- 33- 

cia con Lord Aberdeen. Su resultado, que 
consta en mi correspondencia con el Gobierno, 
no me ha dejado satisfecho. Temo no conseguir 
cosa alguna. El Gobierno ingles desearia, me 
parece, poner paz en aquellos paises: pero teme 
que Rosas haya triunfado antes que pueda la In- 
glaterra protejer al Estado Oriental. 

Enero 1. "^ de 1844. Es la primera vez que 
hallo este dia distinto de los demás. La sepa- 
ración de la familia y de la Patria cria, tal vez, 
preocupaciones aun en espíritus poco dispuestos 
á recibirlas. Al lado de mi familia, este dia 
me habria parecido igual á todos, solo habria 
visto en él la vuelta de la tierra á la posición 
astronómica en que se hallaba hace doce meses. 
Pero hoy, ausente de los mios, y en la situación 
en que se halla el pais en que los mios viven, 
no puedo apartar la idea de que un nuevo año 
puede ser conductor de sucesos nuevos, que afec- 
ten bien ó mal la suerte de los mios. Es una 
debilidad de mi espíritu, que reconozco con 
pesar. 

Enero 2. He escrito toda la mañana, 
y fui á las dos á ver á Lord Canning, para sa- 
ber si Lord Aberdeen habia recibido mi carta 



-34- 
del 29. Me dijo que sí, y que hoy sería con- 
testada. A las 5 he recibido una nota oficial 
del conde Aberdeen, en que resueltamente de- 
clara, que el Gobierno ingles ninguna parte to- 
mará en los negocios del Rio de la Plata. Se 
halla entre mis papeles. Mi misión, pues, 
queda concluida: la Inglaterra — tal es mi con- 
vencimiento — no conoce sus intereses, y aquellos 
desgraciados paises serán por largo tiempo tea- 
tro de anarquía. 

Marzo 25. Hoi es el dia de mi madre: de 
mi madre, que es para mí un objeto de culto 
sobre la tierra. Mucho he pensado en ella, y 
cierto estoy de que ella habrá hablado mucho 
de mí, por que me ama con extremada ternura. 
Confio en que mi Justa, y mis hijos que la vene- 
ran como yo, la habrán visitado en mi nombre, 
y la habrán presentado las demostraciones de 
amor y de respeto que acostumbramos. Cada 
uno cree que no hay madre mejor que la suya. 
Yo, en realidad, estoy cierto de que no es posible 
una mejor que ¡a que el Cielo me ha dado; al 
paso que nuestro pais ofrece pocos ejemplos, en 
el sexo, de una elevación y fuerza de espíritu, 
unidas á la mayor prudencia y buen juicio, como 



-^ 



-35- 

se hallan en esta porteña respetable 

Mayo 20. Son las 3 de la tarde, y esta- 
mos entrando con calma chicha, y remolcados, 
á la bahia del Janeh'o, que ya conocía yo, y 
que no por eso me parece menos magnífica y 
grandiosa. Veo acercarse, con ansiedad, que 
no puede describirse, el momento en que voy 
á saber la suerte de la plaza de Montevideo, 
que encierra á mi amada Justa, á mis tiernos hi- 
jos, á mi familia toda, mis amigos y las últimas 
esperanzas de la causa de civilización de que 
depende el porvenir de mi pais y el mió indivi- 
dual. Nada sé de Montevideo desde Enero: 
¿que sabré dentro de pocos momentos.? 
Estoy preparado á todo. 



M 



ALGUNOS RASGOS 



LOS TALENTOS, EL. CARÁCTER Y LA PERSONA 



F. "^^Mllk 



39 



ALGUNOS RASGOS 



T.OS TALENTOS, EL CARÁCTER Y LA PERSONA 



F. ^^Ml 



§§ JpROPiAMENTE hablaiido, las memorias que 



^y^lM ^c^^^í^ d® leerse no constituyen un 
"^yrey Auto-Biograjia — Sobre todo falta en 
' ellas la parte interesantísima de los 

últimos años de Várela, desde su regreso del 
Janeiro hasta el dia de su muerte. En esta 
época pasaron á su vista sucesos de importancia 
histórica, que nadie mejor que él pudo ilustrar, 
si hubiese pensado jamas en escribir su propia 
biografía. 



m 



-40- 

Lo que se ha leido, y lo que vamos á agre- 
gar aquí, apenas sirve para derramar luz sobre 
ese corazón nobilísimo, sobre esa figura intere- 
sante que hallarán los venideros en el cuadro 
lúgubre de nuestra revolución. 



Florencio Várela, empezó á desplegar las 
bellas dotes de su alma , al lado del lecho 
de muerte de su padre. Su familia estaba en 
pobreza desde que toda su fortuna, que consis- 
tia en la fragata "Minerva," cargada y pronta 
para dar la vela, fué confiscada por la escuadra 
inglesa cuando se apoderó de Montevideo en 
1807. Florencio, de edad de 10 á 11 años, re- 
emplazaba al lado de su padre los servicios que 
no era posible proporcionarse de otro modo. 

Desde entonces también, empezó á distin- 
guirse en la familia por el amor entrañable que 
profesaba á su madre y á sus hermanos. 

En el Colejio se hizo notar mui pronto la 
precocidad de su intelijencia. Estaba dotado 
por la naturaleza de una memoria prodijiosa, 
y este talento suplia en él á todos los demás. 
Esa facultad, ligada á su íntima compañera, la 



-41 - 

imajinacion, inclinaron naturalmente al joven a 
los estudios amenos. Leia muchos versos, siem- 
pre versos, y los componía también. 

La fama de su talento, acompañada de su 
vivacidad y afabilidad natural, hacia que todos 
le buscasen para conocerle y festejarle. Desde 
niño tuvo el don de hacerse amar. 

Practicó la Jurisprudencia al lado del Dr. 
Gallardo; lo poco que allí ganaba lo empleaba 
casi todo en adquirir libros. 

En el aniversario de la victoria de Ayacu- 
cho, se dio en Buenos Aires un banquete á que 
asistieron las principales notabilidades del pais. 
Muchas personas se empeñaron en llevar á Flo- 
rencio. Invitado a brindar, lo hizo en verso; y 
fué tal el aplauso que mereció, que D. Manuel 
J. Garcia, determinó darle un empleo en el mi- 
nisterio de su cargo; y con ese objeto lo pidió 
á su madre, diciéndola que él queria encargar- 
se del Poetita. Su propio mérito le puso en 
la carrera de los empleos públicos. 

Fué colaborador de su hermano D. Juan 
Cruz en la redacción del Tiempo, corriendo á 
su cargo, únicamente, la parte Exterior. Sin 



-42- 

embargo, en esa época empezó ya á escribir en 
varios papeles políticos. 

En la revolución del 1°. de Diciembre to- 
mó la poca parte, como él dice, que su edad 
le permitia. Sus enemigos le han acusado de 
haber influido en la muerte del Gobernador Bor- 
rego. Esta es una calumnia y un absurdo. 

Conocía los idiomas francés é italiano desde 
su temprana edad, y sabia entonces, de memo- 
ria, todas las trajedias de Racine, varias de 
Yoltaire, muchos de los poemas de Boileau y 
otros autores franceses; y recitaba numerosos 
trozos de las obras de Metastasio. En cuan- 
to á poetas españoles, no habia una sola com- 
posición notable que no supiera de memoria, no 
habia un solo verso cuyo autor no conociera. 

Sus estudios serios, sus vastas lecturas, 
tuvieron lugar en Montevideo. Recien casado, 
por espacio de tres años, dormia solamente cua- 
tro ó cinco horas del dia; todas las demás las 
pasaba en su estudio. 

En la Jurisprudencia, se dedicaba con pre- 
ferencia al estudio del Derecho público y del 
Comercial. No amaba su profesión de abogado; 



aBBMfrMfffiti'iti'h' ii ''imiis m 



-43- 

y el año 40 estaba completamente disgustado 
de ella. 

El estudio de su predilección fué el de la 
historia de su país. Ocupó toda su vida en reu- 
nir materiales para escribirla, y tanto habia sido 
su labor y su perseverancia, que habia conse- 
guido estar en posesión de cuanto le era nece- 
sario para ese fin. 

Cuando estuvo enfermo en el Janeiro, pasó 
cinco meses rejisírando la biblioteca de aquella 
corte en busca de datos para ilustrar la época 
colonial. Allí mismo empezó á trabajar, y te- 
nia ya compuesto y pronto un tratado sobre la 
disputada, y aun no decidida, cuestión de los 
límites entre las posesiones de las coronas de Es- 
paña y Portugal. 

Ademas de este trabajo, tenia otro com- 
pleto sobre la institución de los Cabildos, que 
debia formar el punto de partida del libro que 
meditaba. Todo eso, y un tomo en folio de 
apuntaciones para la obra, se perdió en el nau- 
fragio que sufrió al volver del Brasil. 

Sinembargo, en algunos apuntes de sus es- 
tudios que se conservan, en los documentos acu- 
mulados por él, podrán encontrar sus hijos los 



-44- 

medios de reparar lo perdido. Pero lo que se 
perdió para siempre y sin remedio, es el caudal 
de informaciones, de tradiciones recojidas de las 
personas vivas y contemporáneas de los sucesos, 
que Várela conservaba frescas y clasificadas en 
su potente cabeza. Entre estos datos así malo- 
grados, recordamos los que adquirió en largas 
conversaciones diarias que tuvo en el Janeiro 
con D. Bernardino Rivadavia, de las que habia 
sacado preciosas ilustraciones sobre los prime- 
ros dias de la revolución de Mayo, sobre la cons- 
piración de Alzaga, y sobre personas y sucesos 
mal conocidos. 

Su viaje al Janeiro principió á operar en su 
intelijencia un cambio en sus inclinaciones cien- 
tíficas, que acabó de realizar su viaje á Ingla- 
terra. Empezó desde esa época á abandonar 
los estudios de bella literatura y á inclinarse á 
aquellos que dan resultados prácticos, y que son 
de útil é inmediata aplicación. Empleó la ma- 
yor parte de su tiempo en Europa, en visitar las 
fábricas y los establecimientos de artes y manu- 
facturas. Hizo expresamente una excursión por 
las principales ciudades manufactureras de In- 
glaterra; tomó copiosas é interesantes notas so- 



-45- 

bre los procederes mecánicos de las industrias que 
visitaba; y los libros que trajo consigo consistian 
en una pequeña colección de tratados de físi- 
ca y de química, aplicada á las artes y á las 
manufacturas, y algunos pocos de historia. 

En los últimos años de su vida casi nunca 
leia versos; y habia dejado de hacerlos desde 
el año 32. — Sus poesías descollaban por la cor- 
rección y el buen gusto; pero él no las estimaba 
y se arrepentía de haberlas dado á luz. 

Los lectores del Comeixio del Plata, habrán 
observado su tendencia predilecta á ocuparse de 
los adelantos de la industria y del comercio, y 
de los progresos de todos los pueblos, demos- 
trados con datos estadísticos y con pruebas arit- 
méticas. 

Eso no obstante, Várela conservaba su gus- 
to por las bellas letras, y nadie era mas compe- 
tente que él para emitir un juicio literario. 

Tenia gran facilidad para hablar idiomas; 
ademas del francés y el italiano, que hablaba 
desde Buenos Aires, adquirió el ingles en Mon- 
tevideo, ya hombre, y sin maestro; razón por la 
cual era la lengua que manejaba con menos per- 
fección. 



-46- 

Tambieii hizo en el destierro estudio espe- 
cial del latin; y aunque no era lo que se lla- 
ma en las aulas un Gramático, poseia ese idio- 
ma con la perfección necesaria para sus estudios 
profesionales; podia interpretar los clásicos; y 
sabia de memoria la mayor parte de la Eneida, 
casi todas las Odas de Horacio, y copiosos frag- 
mentos de los mas célebres antiguos. 

Dio á la prensa algunas de sus defensas en 
el foro, y publicó varios panfletos políticos y 
muchos artículos en los diarios de Montevideo. 
Todos estos trabajos merecieron siempre uni- 
versal aceptación. Muchos de ellos fueron tra- 
ducidos á otros idiomas en esta capital y en 
Europa. 

El "Comercio del Plata" es el trabajo mas 
serio y concienzudo que nos queda del Dr. Vá- 
rela. — No solo ha realizado una completa refor- 
ma en el periodismo entre nosotros, por el to- 
no de moderación y las tendencias progresis- 
tas de este diario, sino que ha dejado en él 
imcompletamente ilustradas las cuestiones mas 
portantes que han ocurrido en la presente 
crisis. 

Los cuatro tomos que deja publicados de la 



asBíraama&ii 



-47- 

Biblioteca del Comercio del Plata, forman una 
interesante colección de obras relativas á la his- 
toria y la geografía de Sud-América. Entre 
estas, figuran dos traducciones suyas; la una 
es la vida de Nuñez Balboa por Washington 
Yrving; la otra, el Ensayo de Rengger y Long- 
champ sobr el Paraguay. El tomo que encierra 
la colección de Tratados y Constituciones Ame- 
ricanas, es de la mayor importancia. 



La rectitud y la bondad, formaban el fon- 
do del carácter de Várela. 

Tenia por su anciana madre una veneración 
ejemplar. Cuando hablaba de ella delante de 
sus hijos, se advertía el empeño que ponia en 
hacer que estos participasen del respeto y del 
amor que él la profesaba. — Lo mismo era para 
con sus hermanos. — En su boca solamente habia 
elojios para los suyos. — De ese modo cimenta- 
ba la unión estrecha y la morahdad intachable 
que siempre ha distinguido su familia. 

Amaba á sus amigos, como á sus herma- 
nos; y sus amigos eran muchos. Los tiene donde 
quiera que ha estado en contacto con sus seme- 



m 



-48- 
jantes; tanto en su Patria, como aquí; lo mismo 
en el Brasil, que en Inglaterra y en Francia. 
Era realmente imposible acercarse á este hom- 
bre, siempre afable, sin amarle. — Ameno en su 
trato, prudente en sus consejos, civil con todo 
el mundo, nadie se separó de su lado sin esti- 
marle. Si su asesino hubiese hablado diez mi- 
nutos con él, no habria tenido valor para herirle. 
— Si le hubiese tratado un dia, no habria podido 
ser su enemigo. 

Poseia en alto grado el talento de la conver- 
sación; y era preciso que su interlocutor le cau- 
sara mucho tedio, para que el diálogo no se man- 
tuviese animado y siempre sostenido por él. 

Con nadie se esforzaba tanto en ser amable 
como con los extranjeros. Miraba como un de- 
ber atenderlos y servirlos, quizá por esa simpatía 
natural que se establece entre los que sufren una 
misma desgracia : la de vivir fuera de la Patria. 
Como un obsequio al extranjero, y como un me- 
dio de instrucción propia también, hablaba en sus 
respectivos idiomas á los Franceses, á los Ingle- 
ses, á los Portugueses y á los Itahanos que fre- 
cuentaban su casa. En esto. Várela sentia un 
placer especial, que era mui fácil advertir en él 



-49- 

cuando se reunían en su escritorio varias perso- 
nas de distintas hablas. 

Tan atento y tan afable era con sus hijos 
en su casa, como con los extraños en la calle. 

Amaba como un padre á todos los que de 
él dependían, sobre todo á los empleados en 
su establecimiento de Imprenta, y era extrema- 
do el interés que tomaba en el porvenir de algu- 
nos jóvenes aprendices que en él se formaban. 

La Patria era el ídolo de su corazón; pen- 
saba en ella todos los días y en todas las horas. 
Toda su esperanza era volver á ella con sus hi- 
jos; todo su deseo servirla, con sus talentos y 
sus luces. Hojeando los apuntes de su viaje á 
Inglaterra, se encuentra á cada paso que si que- 
ría ver y aprender, era con la mira de importar 
en su país, ó de contribuir con sus consejos á 
que en él se importaran, los progresos de todo jé- 
nero que presenciaba en aquellos grandes centros 
de la civilización. 

Se engañaría mucho aquel que pensase que 
Várela abrigaba ideas de ambición política. — De- 
seaba mucho volver á su país, deseaba serle 
útil; pero no gobernar. Mil veces le hemos oído 
formar sus proyectos para entonces, y todos se 



'C^ 



-50- 
reducian á tener una casita, sobre todo en el 
campo, con las comodidades necesarias; una im- 
prenta para sostenerse con el producto de su 
trabajo y de su intelijencia, y el tiempo necesa- 
rio para realizar su proyecto favorito : la com- 
posición de una historia completa de la revolu- 
ción Sud- Americana. Creemos que sus conciu- 
dadanos le habrian forzado a tomar parte en las 
cargas públicas; pero, ciertos estamos de que si 
algún empleo hubiera aceptado voluntariamente, 
solo habria sido ^1 de representar su pais en el 
Exterior. 

La integridad y la rectitud de su carácter 
eran de todos conocidas. — Era sabido que en 
su estudio de abogado solo se defendia la justi- 
cia, y los clientes de Várela llevaban por su 
parte la ventaja de que la conciencia pública 
estaría prevenida en su favor desde que Várela 
les defendia. — Nunca puso en conflicto á sus 
clientes por exijencias de dinero; ha muerto, 
y todavia muchos le deben honorarios del año 
38 y 40. 

Su moralidad sin tacha, estaba á la vista de 
todos; y su evidencia misma, nos ahorra de de- 
tenernos en este punto. 



-51- 

Los desengaños que iba adquiriendo, y la 
experiencia de la revolución, le habian hecho 
volver los ojos á la juventud que cultiva el es- 
píritu y esperar en ella. La siguiente carta, 
que conservamos como una reliquia preciosa, 
muestra sus sentimientos respecto á la jeneracion 
que venia tras de él: 

'' No puedo conceder á V. los dictados que 
me dá: pero de cierto, Luis, amo con pasión, 
con ternura, con el ardor de la esperanza, á la 
juventud estudiosa 1/ moraZ : me gusta fomentar- 
la, ayudarla cuanto puedo, por inclinación de 
mi corazón, y por deber de patriotismo: porque 
tengo en esa juventud mas fe que la que tiene 
ella misma. Nada, nada, ni mis infortunios per- 
sonales, ni la pérdida de mis años y de mi salud 
en el destierro, me duele tan hondamente, en el 
naüfrajio de nuestra patria, como el ver errante, 
sin centro de unión, sin aplicación inmediata, á 
esa juventud llena de vida, que tal vez la mal- 
gaste como yo, en el suelo del extranjero. 
Créame V., Luis; busco la sociedad de Vdes., 
porque nada, después de los cariños domésticos, 
me desarruga la frente y me desanubla el espí- 
ritu, como la sociedad de los jóvenes que encuen- 



-52- 

íro puros de corrupción y de infamia, en la época 
en que todo se corrompió; y entregados al es- 
tudio, cuando todos escarnecen al que desea 
ilustrarse.— Mayo 26—1841/' 

Florencio tenia una alma mui noble; con 
facilidad se elevaba á la altura del entusiasmo. 
Los actos de valor, de virtud, de heroismo, 
hacian vibrar su corazón, y llenarse de lágrimas 
sus ojos. Hemos encontrado este memorándum 
entre sus papeles: — 

" Enthusiasm is the genius of sincerity, and 
,,truth accomplishes no victories without it. (*) 
,3(Bullwer — tlie iast days of Pompey, chap.VIIIj. 
,,Yo puedo añadir : no puede haber entusiasmo 
,,sinó por lo bello ó por la virtud. La pasión 
,,por el vicio es irritación del espíritu, no es en- 
,,tusiasmo; es el estímulo de la embriaguez, no 
,,el de la sed.'' 

Várela tenia un espíritu sumamente activo. 
Cuando estaba en su casa ocupado en pormeno- 
res domésticos, ó en trabajos manuales, á que 
era mui dado, pasaba el tiempo recitando en alta 
voz trozos de Virgilio, de Manzoni, de Byron, 



(*) El entusiasmo es el jéiiio de la sinceridad, y siu el la verdad no puede obtener 
ningún triunfo. 



-53- 
de Q-uintana, ó de los Salmos. El trabajo con- 
tinuo de la redacción de su diario, iba gastando 
un poco esta costumbre, que siempre tuvo hasta 
el año 45. 

Dotado del natural elevado que hemos tra- 
tado de describir, era necesario que este varón 
justo supusiera siempre en sus semejantes las 
mismas calidades que adornaban su alma. Así, 
jamas creyó encontrar en las personas que se le 
acercaban defectos, ni malas inclinaciones. Aco- 
jia á todo el mundo con la mayor franqueza; de 
nadie desconfiaba nunca. Nada era, por consi- 
guiente, mas fácil que hacerle caer en una celada. 
Por otra parte, tenia el mas alto desprecio 
por la doctrina del fatalismo; la palabra suerte, 
para él no significaba nada. He aquí, sobre 
este rasgo de su carácter, una ilustración que 
encontramos también entre sus apuntes. 

'' They appear such (events) very often, are 
,,called accidents, and looked on as the eífects 
,,of chance; a word, by the way, which is in 
,,constant use, and has frequently no determínate 
,,meaning. (**) (Lord Bolingbroke's on the study 



(**) Ocurren con mucha frecuencia algunos acontecimientos que llaman accidente^ 
y se les mira como efectos de la suerte ; palabra que, de paso, está en uso constante, 
y por lo general no tiene significación precisa. 



-54- 
,,and use of history.) En la última carta qire 
,, escribí á uno de mis amigos en Montevideo, ha- 
5, blando de los sucesos políticos de aquel país, 
,,dije: '^muchos ñan en la suerte, palabra que 
,,para mí es vacía de sentido, nada significa." 
,, Diciembre, 1841." 

Por esto parecerá extraño que un hombre 
que para nada contaba con la suerte, que creía 
que Dios no interviene en los acontecimientos 
humanos, sino que puso en el hombre la luz de 
la razón y el albedrio para que fuera así respon- 
sable ante su Criador de sus acciones; que un 
hombre con estas ideas y con la experiencia que 
dan los años y la desgracia, desconociese las co- 
sas y los tiempos hasta el punto de llevar esa 
confianza en los otros hasta el exceso, y de no 
precaverse contra las acechanzas de sus enemi- 
gos políticos. 

Várela era mui festivo en su trato familiar. 
Reia mucho, y le gustaba que todos los que ¡e 
rodeaban fuesen de humor alegre. Todo hom- 
bre chistoso y decidor le caia en gracia. 

En el interior de su familia pasaba horas 
enteras jugando con sus hijitos, material mente 
como un niño. 



-55- 

Eso no impedia que fuese en extremo grave, 
siempre que las circunstancias lo requerian. 

Era fiel á su palabra; mui reservado, é im- 
penetrable para guardar un secreto. A estas 
cualidades, propias de un hombre nacido para los 
negocios públicos, se agregaba el dominio de sí 
mismo, y la facilidad con que sabía disimular 
sus impresiones. 

Várela era modesto, aunque á muchos no lo 
pareciera. Muchas veces habia recibido elojios 
personales para publicar en su diario, que el 
siempre rechazó. Recientemente en un artículo 
mui notable de un papel europeo, que se repro- 
dujo en el Comercio del Plata del 3 de marzo úl- 
timo, se decia, que Buenos-Aires sería feliz cuan- 
do lo gobernasen hombres como Rivadavia, San 
Martin y Várela. — Florencio hizo suprimir su 
nombre. — Jamas hacía mención de los testimo- 
nios honrosos que en los diarios europeos y ame- 
ricanos encontraba del aprecio con que eran re- 
cibidas sus producciones. 

No nos ocupamos aquí del mérito de estas, 
porque no es nuestro objeto, ni nos parece nece- 
sario: ellas han sido el fundamento principal de 



-56- 

la gran sensación que ha producido su muerte, 
aquí y en Buenos Aires. 

Aunque su diario no representaba las opi- 
niones de un círculo, Várela oia las opiniones 
de sus amigos, las pedia á algunos de ellos, y 
las adoptaba. Hacía esto, sobre todo, en las 
circunstancias delicadas; pero es preciso decir, 
que cuan*do leia sus artículos á esos amigos, 
siempre obtenia la unánime aprobación de ellos. 

D. Florencio Várela era de estatura procer, 
delgado, de bella presencia y porte caballeroso; 
tez morena, rostro descarnado, frente despejada, 
cabello negro, ceja abundante sin ser ceñuda. 
Sus ojos negros y expresivos, so boca movible 
y dispuesta á la sonrisa; todo su conjunto reve- 
laba á la primera mirada intelijencia y sensibili- 
dad. Su fisionomia reñejaba todos los sentimien- 
tos y pasiones bajo cuya influencia se encontra- 
ba su alma. 

Su acción, sus movimientos al hablar, acom- 
pañados de una palabra persuasiva y seductora, 
su modo insinuante y el tono de convicción y 
sinceridad con que emitia sus ideas, cautivaban 



B 



-57- 

inadvertidamente á quien le escachaba. Poseía, 
sin disputa, todos los accidentes del orador. 

En la conversación familiar su voz era in- 
sonora; pero cuando esforzaba su órgano para 
expresarse con vehemencia, su entonación subia 
y la voz adquiria sonoridad. Desde su primera 
edad t'aé despejado; nunca tuvo encojimiento ó 
falsa vergüenza. 

Vestía siempre con esmero, y le gustaba 
mucho la elegancia y el aseo en todo. 

Era sumamente arreglado y metódico. Te- 
nia en el mayor orden sus papeles. Cuidaba sus 
libros como alhajas delicadas. Jamas escribía 
coii una pluma mal cortada, ó con mala tinta; 
detestaba la afectación que muchos tienen de os- 
tentar desaliño en estos pormenores; para él era 
antipático todo lo que no era esmerado en esa 
línea. 

Amaba con dehrio la pintura, el dibujo y la 
escultura; pero carecía absolutamente del senti- 
do musical. Su alma era insensible á los encan- 
tos de la harmonía y ni una sola vez en su vida 
se entregó á los placeres de la danza. 

Tampoco conocía lo que llaman placeres de 



-58- 

la mesa; nunca cometió ningún exceso vergonzo- 
so. Siempre fué sobrio y honesto. 

La vida sedentaria había estragado su físico, 
que era robusto por constitución. Padecia fre- 
cuentes ataques nerviosos, y desórdenes gástri- 
cos; pero sos médicos opinan que habría sido de 
larga vida. 

Vamos ahora á hacer el esfuerzo de consig- 
nar aqui el modo atroz como esta noble vida 
llegó á un término perraaturo. 

Los días anteriores al 20 de Marzo habían 
sido de grande agitación para los habitantes de 
Montevideo. Por momentos eran esperados los 
nuevos agentes que la Inglaterra y la Francia 
enviaban para poner término á la desgraciada si- 
tuación de estos países. 

Los compromisos políticos de Várela, y la 
suerte de su larga familia, íntimamente ligada al 
resultado de la negociación que iba á entablarse, 
habian acumulado en esos días sobre su espíritu, 
sombríos presentimientos ó temores, que le ha- 
bian puesto en un estado de desaliento é inquie- 



-59- 

tud, que nunca le conocimos antes en las hias es- 
pinosas situaciones. 

Puede ser una preocupación; pero nosotros 
creemos en los presentimientos fatales. A eso 
atribuimos el abatimiento de Várela en los dias 
que precedieron á su muerte, y la desazón en que 
le tenian las dificultades domésticas que le ro- 
deaban en semejante crisis. 

Al fin, el 20 de Marzo ios Comisarios re- 
jios, llegados á esta rada, debian empezar el des- 
empeño de su misión. La proximidad de un des- 
enlace, la posición neta en que finalmente iban á 
colocarse los sucesos, operaron una reacción so- 
bre el espíritu de Várela, inclinado por naturale- 
za á afrontar con serenidad toda clase de emba- 
tes. Pocas veces le hemos visto tan alegre, tan 
dispuesto, como en aquel funesto dia. 

Concluido el trabajo del diario que debia 
aparecer el 21, se dispuso, ya de noche, á hacer 
una visita; — y para que tengamos nuevo motivo de 
creer en presentimientos, — su señora le rogó que 
no saliera, diciéndole que era tarde; pero en rea- 
lidad, porque no la gustaba que saliese de noche 
á la calle. 

Debemos advertir que, por varios conduc- 

9 



-60- 

tos, habían llegado á oidos de Várela indicacio- 
nes que debieron hacerle vivir con cautela; pero 
él, tranquilo en su conciencia, despreciaba alta- 
mente esos avisos, y los miraba como sombras 
que solo podian tener cabida en cabezas pu- 
silánimes. 

Aquella noche, no hizo caso de los temores 
de su Justa amada; procuró distraerla hablándo- 
la de cosas alegres, y concluyó — este hijo ejem- 
plar! — recordando á su esposa que el dia 25 era 
el cumpleaños de su madre, y que era preciso 
que no olvidase los regalitos que los nietos de- 
bian llevar aquel dia á la abuela. Este piadoso 
pensamiento, fué la última recomendación que 
debia hacer á la tierna compañera de su vida, 
á quien vio en aquel momento por la última vez. 

Várela se fué, y poco después su señora 
salió también á ocuparse en la compra de los 
objetos con que debia festejarse el dia 25. 

AI volver la señora á casa, vio en la acera de 
enfrente, un hombre que la pareció sospechoso — 
nada mas que por presentimiento. Entró á pre- 
venir de esto á su marido, pero aun no habia 
vuelto; y apenas subió, se acercó á los postigos 
del balcón para observar á aquel hombre que la 



-61 - 

tenía inquieta. La luz de la habitación en que 
estaba, la impidió distinguir nada en lo exterior. 

Várela regresó de su visita, mui contento. 
Halló en su escritorio algunos amigos, y sin ne- 
cesidad ninguna, — tal vez por el solo deseo de 
hacer un servicio, tal vez porque así lo quería 
esa suerte en quien él no creia — volvió á salir, 
diciendo á sus amigos que volverial^en el acto. 
Su objeto era dar al Sr. MacLean una contes- 
tación relativa á un asunto judicial que este le 
habia encomendado. Salió acompañado de un 
amigo. 

En esos momentos, uno de sus hermanos se 
ausentó también de la casa por diez minutos; bajó 
la calle hacia el muelle, y regresó por el lado 
opuesto. En su tránsito por toda la cuadra nada 
vio que le llamase la atención ; solo recuerda 
que la calle estaba mui sola, tal vez porque la 
jente habría afluido á la del 25 de Mayo, por 

donde á la sazón pasaba un batallón que mar- 
chaba á embarcarse. Al entrar en casa salían 
dos de los operarios de la Imprenta, y estos cer- 
raron la puerta , que aquel halló abierta al 
entrar. 

Entretanto Várela volvía á su casa por la 



-62- 

calle del 25 de Mayo; cerca de la Sala de Resi- 
dentes habló un momento con un jefe de marina 
extranjero; en la cuadra siguiente se detuvo otro 
instante con el Sr. Ministro de Hacienda. En 
seguida continuó solo. 

Tres minutos, á lo mas, haría que el her- 
mano, de que se ha hecho mención, habia entra- 
do al escritorio, que dá á la calle, cuando las 
cuatro personas que estaban en él oyeron tres 
golpes á la puerta. 

E inmediatamente que el último golpe habia 
sonado , llegó á sus oidos un corto ruido de 
pasos precipitados y dos ayes lastimeros de ago- 
nía, en los que uno de los presentes reconoció en 
el acto la voz del infortunado Várela. Corrieron 
á abrir; nadie estaba en la puerta; pero algo se 
veia en una de la acera de enfrente : allí vola- 
ron y encontraron el cadáver de Várela, ba- 
ñado en su propia sangre! 

La noche era de luna, acababan de dar las 
8; el crimen se habia cometido á 60 varas de la 
concurrida calle de las tiendas; y sinembargo, el 
asesino habia desaparecido. 

D. Florencio Várela fué herido en la calle 
de Misiones, puerta No. 90, y cayó sin vida, á 



-63- 

treínta pasos de distancia, en la puerta No. 91. 

Inmediatamente acudieron facultativos. -Ya 
era inútil.-Varela habia sido herido por detras, 
probablemente con una daga, que entró por la 
parte superior de la espalda, y le traspasó el 
pecho, saliendo la punta por la parte inferior 
del cuello. La dirección de la herida, de aba- 
jo arriba, y el rastro de sangre que se halló en 
lo alto de la mocheta de la puerta, indican que 
la persona que le hirió era de baja estatura. 

La noticia del crimen llegó al campo sitia- 
dor á las 10 de la misma noche; á Buenos Aires, 
antes de las 48 horas. Con tanta rapidez se hizo 
volar un acontecimiento, que importaba una 
victoria para los enemigos políticos de esta vícti- 
ma ilustre. 



Asi acabó esta vida consagrada á la virtud 
y al bien; asi dejó de latir este corazón generoso; 
así cayó esta cabeza sublime. 

Su patria perdió un gran ciudadano; sus 
amigos un servidor incomparable; la ciencia un 
colaborador activo; su familia. ... todo lo per- 
dió con él ! 



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-64- 

La industria que Várela tenia en actividad 
daba ocupación á veinticinco personas, propor- 
cionando así el pan de cada dia á cerca de cien 
bocas. 

Várela deja diez hijos, todos menores: el 
mayor tiene 16 años, el menor, apenas 6 me- 
ses; — y dentro de 6 meses mas, con el favor de 
Dios, nacerá otro que nunca habrá recibido una 
caricia de su padre. 

Esa ha sido la obra de un minuto; ese ha 
sido el fruto inmediato de este crimen verdadera- 
mente horrible. 

Si el miserable que le perpetró es capaz de 
un momento de reflexión, no deseamos mas sino 
que lea estos apuntes: entonces sentirá él tam- 
bién en sus entrañas el agudo puñal de los re- 
mordimientos! 

La familia de Várela, en su triste horfandad, 
hallará, al menos, un consuelo, en la lealtad de 
los amigos de esta víctima; en su dolor sentirá, 
de cierto, un alivio, contemplando la corona de 
gloria que ciñe la frente de este mártir. 



PIN. 



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APUNTES 

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SOBRE 



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